lunes, 16 de enero de 2017

LA IMPORTANCIA DEL TRABAJO ES EL SERVICIO.



Lo importante del trabajo es el servicio. Ser útil a los demás es lo que puede hacer que el trabajo –cualquier tipo de trabajo nos haga felices.

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         ¿Cuántos años llevas trabajando? Seguro que muchos, y seguro que aún te quedan unos cuantos años más. Y no te preocupes, que el trabajo –como servicio– terminará el día que nos muramos.

         No sé a qué te dedicas, pero te puedo asegurar que ese trabajo que realizas tiene una grandísima repercusión en tus semejantes.

         Ni que decir tiene que no siempre nuestro trabajo profesional cubre las expectativas, y que hay muchas circunstancias que podrían dar al traste con nuestros deseos de servicio. Pero superar estos obstáculos –como hay que superar todos los que conlleva la condición humana: la pereza, la desidia, la superficialidad, la chapuza y un largo etc.–, será lo que dignifique tantos años de labor profesional. Hay que tener en cuenta que tan importante es lo que hacemos –hoy y ahora– como lo que dejemos hecho cuando nos pidan la cuchara.

         Me viene a la cabeza esta anécdota:

El capitán de una compañía llama urgentemente al sargento y le da la siguiente orden:
–Se ha interceptado una emisión del enemigo y piensan atacarnos mañana a las nueve de la mañana. Por tanto, caven una trinchera de cincuenta metros de larga, un metro y medio de ancha y dos metros y medio de profundidad.
–¡A la orden, mi capitán!
El sargento se dirige rápidamente a la compañía y transmite la orden al cabo, que después de pensar unos segundos, le comenta al sargento:
–Mi sargento, ¿y por qué no atacamos nosotros y son ellos los que caven la trinchera?

         Qué alegría si a fin de mes apareciera en nuestra nómina, además del sueldo, las sonrisas y el agradecimiento de todas aquellas personas que han visto y palpado en nuestra labor profesional un servicio que de seguro no tiene precio.

         No quiero cerrar esta reflexión sin hacer mención a la única profesión que carece de un convenio laboral que regule su jornada, sus vacaciones e incluso su retribución económica. Me refiero –y creo que ya lo has intuido– al trabajo en el hogar. Gracias a nuestras madres y esposas las casas se convierten en hogares, y su trabajo en un servicio generoso.  

domingo, 8 de enero de 2017

NUESTRAS ACCIONES TIENEN QUE ESTAR LIMPIAS DE TODA VANIDAD...


Nuestras acciones tienen que estar limpias de toda vanidad, de todo egoísmo, de todo amor propio, de todo apegamiento malo.

La sencillez y la naturalidad embellecen al ser humano.

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         No sé si te ocurre, pero tenemos un defecto muy común, que es el de hacer comparaciones. Estamos continuamente comparándonos con las personas que nos rodean: nuestro aspecto externo, nuestra inteligencia, nuestra forma de hacer las cosas, y un largo etc. Y construimos en nuestro interior imágenes que nos llevan a enjuiciar y a encasillar a nuestros semejantes. Aunque no pocas veces, cuando los tratamos de cerca, comprendemos que esas imágenes eran falsas.

         El ser humano es camaleónico: nuestro color no refleja limpiamente lo que sentimos ni nuestra verdadera personalidad. La astucia y la vanidad enmascaran los sentimientos y representamos la partitura que a nuestro interlocutor le gustaría escuchar.

         Pero no es raro que encontremos personas que nos caen bien desde un primer momento, pues actú­an con naturalidad. Si volvemos a acudir al Diccionario de la Real Academia de la Lengua leemos esta definición: Espontaneidad y sencillez en el trato y modo de proceder.

         Las personas sencillas tienen una característica que es la generosidad. Hacen las cosas con espíritu de servicio y sin esperar compensaciones. Son almas generosas.

         La vanidad es un defecto difícil de erradicar, pues todos en el fondo traemos ese ramalazo de fábrica. De modo que tendremos que estar pendientes de nuestras actuaciones y preguntarnos cuál es la auténtica motivación de lo que hacemos.

Cuentan que un día, al visitar Napoleón una biblioteca famosa, trató de coger un libro que estaba fuera de su alcance en un estante muy alto. El Mariscal Monrey, uno de los hombres más gigantescos de su época, acudió presuroso:
–Permítame ayudarle, majestad, yo soy más grande.
Indignado, Napoleón lo corrigió:
–Usted no es más grande, usted es más alto.

Y termino con un chiste:

–¿Sabes, cuál es el colmo de un vanidoso?
–Que su juego favorito sea el yo-yo.




viernes, 16 de diciembre de 2016

HAY PERSONAS MUY ELOCUENTES EN EL HABLAR

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HAY PERSONAS MUY ELOCUENTES EN EL HABLAR Y MUY DECEPCIONANTE EN EL HACER. CON SUS ACTUACIONES TIRAN POR TIERRA TODA SU ELOCUENCIA.

         Decía Esopo: «Las palabras que no van seguidas de hechos, no valen nada».

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         La condición humana trata de justificar con palabras lo que falta a nuestros hechos. El saber popular lo define con precisión: ­–Dime de qué presumes y te diré de qué careces.

         Todos tenemos tendencia a quedar bien, y cuando la lengua se dispara, nuestros palabras van más de prisa que nuestros actos. Es como coser sin hilo: damos muchas puntadas... y no hemos logrado unir nuestros dichos con nuestros hechos. O como dice también el refranero popular: «Muchas personas son como algunos relojes: indican una hora y tocan otra».

         Se dice que una persona es coherente cuando hay una relación o unión de lo que dice con lo que hace. La incoherencia queda muy gráficamente descrita en la siguiente aseveración: El que no actúa como piensa, acaba pensando como actúa. En el fondo es una falta de sinceridad que es, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, sencillez, veracidad, modo de expresarse libre de fingimiento.



jueves, 8 de diciembre de 2016

A VECES NO NOS CONVIENE SABERLO TODO DESDE EL PRIMER MOMENTO



A VECES NO NOS CONVIENE SABERLO TODO DESDE EL PRIMER MOMENTO. ES MEJOR IRSE ENTERANDO POCO A POCO DE LO QUE ES EL SUFRIMIENTO.
Qué inquietud tendríamos durante nuestra vida si supiéramos cuándo nos van a "pedir la cuchara". Me viene a la memoria una historieta que resume esta realidad.
Un señor hace una llamada telefónica; al otro lado del auricular una voz le responde:
–Buenas tardes. ¿Qué desea?
–Buenas tardes. ¿Me podría decir si ha llegado D. Antonio Farfán?
–Un momento por favor… Pues mire, aún no ha llegado.
–¿Sabe si tardará mucho?
–Pues la verdad no sabría decirle, pero seguro que llegará.
–Perdone, ¿podría ser más concreto?
–Lo siento, pero no; sé que llegará, pero no cuándo.
–Perdone, ¿con quién hablo?
–Sí, cómo no. Soy el conserje del cementerio.
Si se conociera –antes de jugarlo– el resultado de un partido, lo querría jugar sólo el equipo ganador, y los contrincantes no querrían participar sabiendo de antemano que van a perder.
En nuestros días hay muchas personas que tratan de conocer el futuro recurriendo a astrólogos, videntes, echadores de cartas..., como si el futuro no se estuviera ya construyendo en el presente.
De que tú y yo nos portemos como Dios quiere –no lo olvides– dependen muchas cosas grandes .
Yo me imagino esta vida como un enorme laberinto en el que el hombre tiene que decidir su camino usando su libertad y su inteli-gencia, todas sus capacidades, pero sin olvidar cuál es su meta –salir del laberinto–, y sabiendo que todos los caminos se pueden desandar.
Me acuerdo de una historieta que tiene que ver con este tema:
Un buen hombre trataba de transportar en su burro una partida de melones que llevaba en la parte derecha de la angarilla desde su pequeño huerto a su casa. Con el traqueteo y el peso, la angarilla se iba desplazando y los melones se le caían al suelo. Entonces decidió colocarse debajo de la angarilla hasta que llegó a la puerta de su casa. La mujer, que estaba en la azotea, lo vio venir en tan extraña situación y le gritó:
–Pepe, qué bruto eres. ¿No se te ha ocurrido repartir los melones entre los dos cestos de la angarilla? Y el humillado marido le contesto:
–María…, qué bien se ven las cosas desde arriba.
Nos gustaría entender el porqué de las cosas, pero casi siempre solo el tiempo y la expe-riencia nos hará comprender el para qué.

viernes, 25 de noviembre de 2016

EL EGOÍSMO ES COMO UN GAS QUE HACE IRRESPIRABLE CUALQUIER AMBIENTE.



EL EGOÍSMO ES COMO UN GAS QUE HACE IRRESPIRABLE CUALQUIER AMBIENTE.
Wenceslao Fernández Flores, en su libro El bosque animado, relata una hermosa historia que me impactó. Se titula "La fraga de Cecebre". Refleja de una forma clara y sencilla lo que quiero exponer en esta reflexión, y por este motivo la copio casi completa.
Una fraga –explica el autor– en la len-gua gallega, significa bosque inculto, entregado a sí mismo, en el que se mezclan varias especies de árboles (...). Un día llegaron unos hombres a la fraga de Cecebre, abrieron un agujero, clavaron un poste y lo aseguraron apisonando guijarros y tierra a su alrededor. Subieron luego por él, prendiéndole varios hilos metálicos y se marcharon para continuar con el tendido de la línea.
Las plantas que había en torno del re-ciente huésped de la fraga permanecieron varios días cohibidos con su presencia, porque ya se ha dicho que su timidez es muy grande. Al fin, la que estaba más cerca de él, que era el pino alto, alto, recio y recto, dijo:
–Han plantado un nuevo árbol en la fraga.
Y la noticia se propagó por las hojas del eucalipto que rozaba al pino, y por las del castaño que rozaban al eucalipto (...). Los troncos más elevados miraban por encima de las copas de los demás, y cuando el viento separaba la fronda, los más apartados se asomaban para mirar.
–¿Cómo es? ¿Cómo es?
–Pues es –dijo el pino– de una especie muy rara. Tiene el tronco negro hasta más de una vara sobre la tierra, y des-pués parece de un blanco grisáceo. Resulta muy elegante.
–Sus frutos –continuó el pino fijándose en sus aisladores– son blancos como la piedra de cuarzo y más lisos y brillantes que las hojas del acebo (...).
Un día el pino le preguntó al poste:
–¿No quiere usted cantar con nosotros?
El poste no contestó.
–Seguramente –insistió el pino, inclinando su copa en cortesía– su voz es delicada y armoniosa, y a todos nos agradará que se una a las nuestras.
El poste silbó malhumorado:
–¿Y a qué viene eso? ¿Qué cantan ustedes?
–Imitamos a un tren remoto.
–¿Y para qué? ¿Son ustedes el tren?
–No –reconoció el pino avergonzado.
–Entonces, ¿qué pretenden con esa mixtificación? Ya que ustedes me interpelan, les diré que no encuentro seria su conducta.
–¿Acaso la canción del mar?
–Ninguna de ellas. Este es un bosque sin formalidad.
¿Quién podría creer que árboles tan talludos pasasen el día cantando como ranas? Yo no canto nunca, susurro apenas. Si ustedes acercasen a mí sus oídos, escucharían el murmullo de una conversación, porque a través de mí pasan las conversaciones de los hombres. Eso sí que es maravilloso. Sepan que vivo consagrado a la ciencia y que yo mismo soy ciencia, y que todo lo que ustedes hacen a mí alrededor lo reputo como bagatela y sensiblería…
Aquel año los vendavales de invierno fueron prolongados y duros. Durante varios días seguidos los árboles no conocieron el reposo… A la tercera noche, un cedro no pudo más y se desplomó, roto. Las ramas de algunos compañeros próximos intentaron sostenerlo, pero estaban cansadas también y se quebraron y dejaron resbalar hasta el suelo al bello gigante, con un golpe que resonó más allá de la fraga… Únicamente el poste pareció alegrarse.
–Al fin se decidió a cumplir su destino –declaró. Ahora podrán hacerse de él hermosas puertas, que es para lo que ha nacido; no para esconder gorriones ni para tararear tonterías.
Pasado cierto tiempo, volvieron al lugar unos hombres muy semejantes a los que habían traído el poste; lo examinaron, lo golpearon con sus herramientas, comprobaron la fofez de la madera carcomida por larvas de insectos y lo derribaron. Tan minado estaba que al caer se rompió.
El bosque hallábase conmovido por aquel tremendo acontecimiento. La curiosidad era tan intensa que la savia corría con mayor prisa. Quizás ahora pudieran conocer, por los dibujos del leño, la especie a la que pertenecía aquel ser respetable, austero y caviloso.
–¡Mira e infórmanos! –rogaron los árboles al pino.
Y el pino miró.
–¿Qué tenía dentro?
Y el pino dijo:
–Polilla.
–¿Qué más?
Y el pino miró de nuevo:
–Polvo.
–¿Que más?
Y el pino anunció, dejando de mirar:
–Muerte. Ya estaba muerto. Siempre estuvo muerto.
Aquel día, el bosque decepcionado calló. Al día siguiente entonó la alegre canción en la que imita a la presa del molino. Los pájaros volvieron. Ningún árbol tornó a pensar en convertirse en silla o en trincheros. La fraga recuperó de golpe su alma ingenua, en la que toda la ciencia consiste en saber que cuanto se puede ver, hacer o pensar sobre la tierra, lo más prodigioso, lo más profundo, lo más grave es esto: vivir.
El egoísta es –salvando las distancias– como una mina antipersona: siente continuamente que todo el mundo le rodea; entrar en su ámbito personal supone un riesgo, y si uno tiene que tratar con él, hay que hacerlo con mucho sigilo y sutileza, pues siempre se puede dar por aludido y en cualquier momento estallará su amor propio.
Dos amigos hablaban de un conocido que te¬nía un problema serio de salud. Uno de ellos terminó la conversación diciendo:
–La verdad es que no somos nadie.
A lo que el otro respondió como un resorte:
–No lo serás tú, porque yo soy médico.
Otra característica del egoísta es su falta de interés por los demás; toda su preocupación gira en torno a su persona y sus asuntos. La soberbia y la soledad son irremediablemente sus compañeras de viaje.
Los pobrecitos soberbios sufren por mil pequeñas tonterías, que agiganta su amor propio, y que a los otros pasan inadvertidas .


sábado, 12 de noviembre de 2016

CUANTO SE APRENDE, CÓMO MADURAMOS CON LOS PROBLEMAS Y DIFICULTADES.


Cuánto se aprende, cómo madura­mos con los problemas y dificultades. El que sabe sufrir no pierde la calma.

         El tiempo da la experiencia, el sufrimiento la maduración; la experiencia ayuda a tomar decisiones, la maduración a aceptar las consecuencias.

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         Al igual que el ejercicio físico desarrolla la masa muscular, las dificultades y los problemas ayudan a poner las cosas en su sitio y a darles la importancia que verdaderamente tienen.

         Cuando uno sale de una enfermedad grave en la que le ha visto las orejas al lobo, las cosas se ven desde otra perspectiva: en la vida hay tres o cuatro cosas importantes, y todo lo demás es superfluo y efímero.
         No podemos dejar pasar esas dificultades o cruces sin sacarles el máximo provecho, sabiendo ver la mano de Dios en todas y cada una de ellas. C. S. Lewis en su libro  El problema del dolor, explica que Dios se hace el encontradizo con el hombre:

Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero nos grita en nuestros dolores: es su megáfono para despertar a un mundo sordo.

         Con referencia al tema de las que se suelen llamar coloquialmente cruces, me viene a la cabeza una historia que leí hace tiempo.

Un hombre se quejaba continuamente de su cruz. Un día se le apareció un ángel y le dio la posibilidad de cambiarla por otra. Lo llevó a una gran estancia donde había innumerables  cruces. Todo fue llegar y soltar su propia cruz, que tanto le pesaba y empezar a probar todas, una tras otra.
–Mira, ésta parece liviana pero… se me resbala y me duele.
–Ésta es ligera pero… tiene muchas aristas y se me clava en el hombro. 
Así pasó un buen rato, hasta que por fin le dijo al ángel que pacientemente le observaba:
–Vaya, ¡ésta, ésta es la mía!
El ángel sonriendo le dijo:
–Pero hombre... Si ésa es la misma que tú traí­as.

No te quepa la menor duda de que Dios no permite cruces que superen nuestras fuerzas. Las que realmente no podemos llevar son las que tontamente nos inventamos nosotros mismos.



lunes, 24 de octubre de 2016

CUANDO UNO SEA CAPAZ DE CORREGIR...




CUANDO UNO SEA CAPAZ DE CORREGIR SIN SENTIR LA OFENSA COMO ALGO PERSONAL SINO COMO ALGO PERSONAL SINO COMO UNA OCASIÓN PARA QUE LA PERSONA AMADA SEA MEJOR, ESTAREMOS EN EL CAMINO DE LA PERFECCIÓN. DE NADA SIRVE CORREGIR SOLO PORQUE NOS HEMOS SENTIDO OFENDIDOS.

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         Diariamente observamos actuaciones en el ámbito familiar, social o profesional que son mejorables. A veces tenemos la obligación moral de corregir, bien por cercanía familiar, bien por necesidades de nuestro cargo, o sencillamente por amor a la persona que hace algo mal. En todas estas situaciones hay que actuar con auténtico amor. Y con prudencia, pues siempre hay que analizar las circunstancias que han podido dar lugar a esa actuación e intentar corregir el hecho en sí mismo, sin juzgar nunca las intenciones.

         Un problema puede estar provocado por muchas circunstancias, pero si lo convertimos en algo personal dificultamos su solución, pues solo veríamos mala intención, no el error o la ignorancia; y acabamos aborreciendo a la persona. Entonces, nos molestará todo lo que ella haga o diga, lo pondremos en duda y habrá problemas personales. Hay que tener la valentía de poner los medios para que se resuelva lo antes posible.

         Y un consejo: tenemos que aprovechar los errores de nuestros semejantes para educar –así sembramos paz– y no para fastidiar –así sembramos discordia–.