Educar. Arte, ciencia y paciencia.

Educar. Arte, ciencia y paciencia.

viernes, 2 de noviembre de 2018

QUE NADIE ME QUITE MI LIBERTAD, PERO QUE ALGUIEN CARGUE CON MI RESPONSABILIDAD.


QUE NADIE ME QUITE MI LIBERTAD, PERO QUE ALGUIEN CARGUE CON MI RESPONSABILIDAD.
Creo que una de las primeras cosas que tenemos que enseñarles a nuestros hijos es el verdadero significado de una serie de palabras que circulan en su entorno y que han sido vaciadas de contenido, hasta el punto de que son expresiones que lo mismo valen para un roto que para un descosido, y que se utilizan en función de intereses personales o partidistas.
Una de esas palabras es "libertad". Acudamos a una de las acepciones del Diccionario de la RAE: «Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos».
En esta definición hay mucha tela que cortar. Lo primero que tenemos que tener claro es que la libertad es una facultad natural, es decir, viene inserta en la naturaleza del ser humano y por tanto en la de nuestros hijos. De ahí que tengamos que educar respetándola porque, como indica la definición, nuestros hijos pueden obedecernos o no obedecernos, estudiar o no estudiar, respetarnos o no respetarnos, hacer el bien o hacer el mal… En definitiva, ser felices –y hacernos felices– o ser unos infelices –y hacernos infelices también a nosotros.
Otro aspecto de la definición es la cuestión de la responsabilidad. Hay que hacerles ver y sentir en sus propias carnes que todo acto humano tiene su repercusión –positiva o negativa– en ellos mismos y en los que les rodean. Es más, si no la tuviera –premio o castigo–, los estaríamos engañando, haciéndoles un flaco servicio a su desarrollo como persona social. Si observamos, muchas situaciones negativas actuales son consecuencia de pensar o decir: –¡No pasa nada! ¡Déjalo, sabe Dios lo que le queda que pasar...!
Tenemos que hacerles ver que la libertad absoluta no existe, que nuestra libertad termina donde comienza la del otro y, que cuando la invadimos, faltando al respeto de los demás, se produce el conflicto. Hacerles ver los límites y las consecuencias de su actuar será una lección de utilidad para toda su vida y evitará en más de una ocasión que tengan que pronunciar estas palabras: –¡Si lo llego a saber…!
En definitiva, se trata de que nuestros hijos capten de una forma racional la verdad de lo que les rodea, haciéndoles ver que las cosas son de una determinada manera y no de otra.
Comenta Leonardo Polo que «sin el encuentro con la verdad el hombre no se desarrolla como tal sino que se queda en la situación de infantilismo y, en consecuencia, a los treinta años es un idiota. Porque el hombre está hecho para la verdad. Quien no tiene sentido de la verdad tampoco tiene sentido de la ley, no percibe el valor de una ley, esto es, no se da cuenta de lo que es una ley y de su carácter obligatorio. La ley se debe cumplir porque es ley y no por el hecho de que si no se cumple haya un castigo (…). Es muy importante que haya una cierta despersonalización de la educación, de que el interés del niño positiva o negativamente no esté determinado por las órdenes de sus padres, sino que esté determinado por un elemento impersonal que es la verdad».
(Del libro Educar. Arte, ciencia y paciencia)
  


viernes, 21 de septiembre de 2018

EDUCAR. ARTE, CIENCIA Y PACIENCIA


EDUCAR. ARTE, CIENCIA Y PACIENCIA
INTRODUCCIÓN
Cuando comencé a fraguar esta nueva aventura de escribir sobre la educación de los hijos, me planteaba: ¿qué pensábamos al respecto mi mujer y yo, cuando los nuestros eran pequeños? Aunque es bien cierto que los padres queremos lo mejor para nuestros hijos en todos los terrenos, la realidad es que lo inmediato –su salud, si ponía peso, si el cuidado que le prestábamos era el idóneo, si…–, absorbía nuestro tiempo y nuestras energías.
Por otro lado los hijos llegaron sin el correspondiente manual de instrucciones. Pensábamos que eso de la formación de los hijos era importante, pero que ya habría tiempo para ello. Bastante teníamos con ir afrontando la novedad de lo cotidiano, la problemática que plantean la inexperiencia y unas criaturas que reclamaban una continua atención.
Si observamos, el ser humano es el animal que más ayuda demanda de sus progenitores. Nace indefenso y los necesita hasta una edad avanzada. A los animales irracionales –en cambio– les basta con un corto periodo bajo su tutela y con los instintos impresos en su naturaleza. La racionalidad y la libertad propias del hombre exigen un amplio periodo de formación.
Volviendo al tema de la educación, los expertos dicen que a los hijos hay que educarlos ya desde el seno materno. Como veremos, en este terreno como en tantos otros, las madres van por delante de los padres, por lo menos nueve meses. Y dicha educación tendrá su continuidad cuando vea la luz esa realidad que percibíamos en el vientre de la madre.
¿Pero de verdad que esa criaturita tan pequeña y tan tierna puede estar haciendo algo mal para que tengamos que comenzar a encauzarlo y corregirlo? Pues sí, eso parece.
En primer lugar hay una adaptación a su nuevo mundo –pues en el vientre de la madre era el rey–, dado que las condiciones han variado radicalmente: habitáculo, día y noche, comidas, etc. Si observamos, ya casi sin darnos cuenta estamos influyendo en los nuevos hábitos de nuestro hijo y comenzamos a educar.
Hablamos de educación. Pero aún no hemos definido dicho término. Educar procede de la expresión latina educare, y su significado es hacer crecer. Pues de esto se trata. Los padres tenemos la obligación y la responsabilidad de hacerles crecer. Pero la expresión "hacer crecer", no sólo se refiere a lo puramente físico o fisiológico –que con una buena alimentación se resuelve–, sino al crecimiento como persona: Educar la inteligencia y la voluntad. Aquí recurro a la Real Academia de la Lengua que, entre sus muchas acepciones, define el acto de educar como: «Desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven por medio de preceptos, ejercicios, ejemplos, etc.».
Bueno, bueno, esto se está complicando. Pues sí, educar no es nada fácil. Es más, si queremos ponernos un poco nerviosos, enumeramos los sinónimos –palabras que tienen un significado similar o idéntico– de "educar": formar, instruir, aleccionar, ilustrar, adoctrinar, alfabetizar, guiar, dirigir, enseñar, orientar, perfeccionar, adiestrar, amaestrar, amansar, forjar, domar, encauzar, ejercitar, afinar, acostumbrar. ¿He conseguido que nos pongamos nerviosos…? Pues, para rematar la jugada, enumero los antónimos –palabras que tienen un significado opuesto–: malcriar, pervertir, torcer, viciar, corromper. Tú decides: ¿sinónimos o antónimos?
Tengo a mis hijos –a Dios gracias– casados, e incluso tengo un buen número de nietos. Y... vuelvo a recordar mis primeros años de padre y los criterios educativos que teníamos mi esposa y yo, para resolver la rica problemática que planteaban. ¿Éramos expertos educadores? ¿Teníamos claro cómo actuar? ¿Teníamos siempre la solución para afrontar con éxito las dificultades diarias? Pues si soy sincero, yo por lo menos no. Y me podrían preguntar: ¿Y... cómo te atreves a escribir sobre la educación? Pues porque el diablo sabe más por viejo que por diablo; y aunque el refranero dice que nadie aprende por cabeza ajena, me gustaría que estas humildes reflexiones hicieran pensar. Y espero que no nos ocurra lo mismo que al personaje de la siguiente historieta:
Un abogado le dice al cliente:
−Ha sido declarado inocente gracias a mi de-fensa. Pero, en confianza, dígame ¿robó usted el banco?
−Yo lo había robado, pero después de oír su alegato, ya no estoy muy seguro…
(Del libro Educar. Arte, ciencia y paciencia)
 


viernes, 31 de agosto de 2018

LA VERDAD LIBERA, LA MENTIRA ESCLAVIZA



LA VERDAD LIBERA, LA MENTIRA ESCLAVIZA
El hombre se cansa de todo: de su físico, de su trabajo, de su mujer o de su marido, de su coche, de su casa, de sus hijos y de todo lo que de una forma u otra le agostan sus expectativas de felicidad. Ni que decir tiene que si este cansancio está motivado por la pérdida del sentido de las realidades verdaderamente importantes, la vida se nos complicará de seguro.
En los medios de comunicación y en nuestro entorno coloquial, tendemos a la simplicidad y enmarcamos o encasillamos con estereotipos a instituciones, personas y actitudes, que pueden tener unas connotaciones positivas o negativas en función de las ideologías o de las modas. Por ejemplo, términos como autoridad pierden su verdadero sentido, pues se relacionan con autoritarismo, que es la mala utilización del que la ejerce. De ahí la importancia de profundizar en el sentido de las cosas.
Sin entrar en interpretaciones políticas, continuamente estamos oyendo dos expresiones que parecen antagónicas y que sin embargo tienen una fuerte conexión. Me refiero a las expresiones de conservadores y progresistas.
Decía en la introducción que "la verdad no se discute, la verdad se busca". Y que si se encuentra se conserva, pues sería absurdo tanto esfuerzo para nada. ¿Por qué avanza la ciencia? Porque la investigación se apoya en las leyes que descubrieron otros científicos en los distintos campos del saber humano.
Por lo tanto el verdadero progreso se da si me apoyo en la verdad. El error y la mentira llevan al hombre al desencanto y al sufrimiento. Eso sí, siempre tendremos la oportunidad de detenernos y reflexionar. Pues como diría C. S. Lewis en su libro El gran divorcio:
Una suma equivocada se puede corregir; pero solamente si se retrocede hasta encontrar el error y luego se vuelve a empezar desde allí; nunca se corrige con un mero seguir adelante.
(Del libro: La condición humana. Venturas y desventuras)


domingo, 12 de agosto de 2018

DUENDE



La noche cedía el relevo a un nuevo día. El sol, volvió a abrirse paso entre las nubes grises disipando las sombras que perezosamente se desdibujaban.
Esa mañana fue el sol -y no los ladridos de Duende- lo que despertó a Daniela.
Abrió los ojos y pensó en su pequeño perro. Dos lágrimas corrieron por sus cándidas mejillas al pensar que ya nunca le despertaría su alegre ladrido.
Saltó de la cama y corrió a la cocina donde María
-su Tata- preparaba el alimento diario. Se echó sobre su regazo y abrazándola, volvió a llorar desconsolada.
María, que conocía el motivo de su llanto, la tomó en sus brazos. Se sentó en la butaca, donde el balanceo y los consejos acallaron el encogido corazón de la pequeña.
-No llores, mi niña. Duende ya era viejecito y tenía que abandonar este mundo. Su tiempo en esta vida ya terminó.
-Y ¿por qué tiene que acabar? Respondió Daniela.
- Pues, porque en la vida todo tiene un tiempo.
¿Te has fijado -continuo María- en los rosales de la entrada?. No queda ni una sola rosa. Ya ves, fueron desapareciendo cuando cumplieron su misión.
Esta respuesta le llevó a otra pregunta.
-¿Entonces tú me dejarás pronto, como Duende?
A María se le saltaron las lágrimas y abrazando a Daniela le dijo:
-Sí, también tengo mi tiempo, pero no te preocupes, yo siempre te cuidaré.
-¿Entonces -pregunto Daniela- es el tiempo el culpable de que las rosas se marchiten, de que Duende se haya muerto y de que tú un día me abandones? ¡¡Si yo consiguiera detenerlo!!
-No mi niña –respondió María-, el tiempo no se puede detener, lo único que podemos hacer es aprovecharlo.
-¡Daniela Daniela, mira, ya viene, ahí está!
Al igual que cada mañana una humareda blanca y un ensordecedor pitido anunciaba el paso del tren de las doce.
-¿Has visto, Daniela? No falla, a la misma hora de todos los días. Si no existiera el tiempo el tren nunca saldría de la estación.
-¿Entonces -respondió Daniela-, es el tiempo el que mueve al tren?
-No -sonrió María-. Es el tiempo el que va en el tren.
Daniela puso cara de extrañeza, y abrazando a su Tata cerro los ojos, para no ver el tren que se alejaba con el tiempo.
El día cedió el relevo a la noche, y las sombras perezosamente volvieron a dibujar negras formas.
Daniela, desde su cama pensó:
-Lleva razón María. Este día ya se marchó en el tren, como Duende.
Entre sollozos cerró sus negros ojos y -al igual que la nube blanca del tren- su cuerpo se fue desvaneciendo hasta quedar inmerso en un profundo sueño.
Su cuerpo estaba inmóvil, pero por su cabeza revoloteó un sueño:
Estaba en una gran ciudad, y un pitido familiar le hizo dirigir sus pasos a un majestuoso edificio. Tenía dos grandes puertas por donde entraban multitud de personas, hombres y mujeres de todas las edades.
Su curiosidad le hizo atravesar una de las puertas, y antes sus ojos apareció una gran estación con multitud de trenes que salían y entraban continuamente.
Paralizada quedo en medio del andén. Ella estaba acostumbrada al tren de las doce que pasaba por delante de su jardín, ¡¡pero, tantos trenes...!! De pronto notó que alguien le tocó en la espalda suavemente. De un salto giró todo su cuerpo y sus ojos se clavaron en una cara rechoncha y bonachona, con una sonrisa que se dibujaba detrás de un enorme bigote.
- Hola señorita, ¿se puede saber que hace usted parada? En esta estación esta prohibido perder el tiempo. Para eso ya está el tren número cinco.
Ante la cara atónita de Daniela, el buen hombre
-que era el encargado de dirigir la estación-, la cogió de la mano y sentándose en el único banco que había -porque allí no se iba a perder el tiempo-, le preguntó:
-¿Cómo te llamas?
-Daniela.
-Muy bien, ¿y se puede saber a qué has venido?
Daniela se encogió de hombros.
Ante la cara de extrañeza de la pequeña, el buen hombre de cara rechoncha y bonachona le dijo:
-Se ve que no sabes dónde estas, ni como has venido, pero yo te lo voy a explicar. Estás en la estación del tiempo y todo el que entra en ella tiene que coger un tren.
Daniela, mirando fijamente al encargado, le pregunto:
-¿Y qué tren?
-Ah, eso es una cosa tuya.
-¿Mía? -respondió Daniela.
-Sí. Si observas hay muchos trenes, pero lo importante es montarse en el que te conviene.
Daniela no salía de su asombro. Observaba cómo todo el que entraba en la estación iba directo a uno de los muchos trenes que partían sabe Dios adónde. Todos menos el número cinco que estaba sin moverse en el centro de la estación.
-Bueno, Daniela, ya sabes dónde estas y para qué has venido. Corre a coger tu tren.
Sin saber cómo corrió en dirección a los trenes, y sin saber cómo, volvió a quedarse paralizada en medio del andén. Las piernas le temblaban y un sudor frío comenzó a correr por su frente:
-¿Qué tren coger?
Miró a su alrededor, se acordó de María y sin dudarlo dos veces grito:
- ¡¡¡María, María, ayúdame!!!
Daniela se despertó asustada de sus propios gritos, y saltando de la cama corrió a la cocina donde María -su Tata- preparaba el alimento diario. Se echó sobre su regazo y abrazándola le dijo:
- María, María, tengo que contarte lo que he soñado esta noche.
La tomo en sus brazos. Se sentó en la butaca donde el balanceo y el relato de Daniela acallaron el corazón de la pequeña.
-María, me tienes que explicar el sueño. ¡Hay tantas cosas que no entiendo!
- Bueno, bueno. Vamos por partes.
-Si te das cuenta, Daniela, todo lo que hacemos en esta vida necesita un tiempo y un esfuerzo. El tiempo lo pone Dios y el esfuerzo el hombre.
Como te dije la otra mañana, tenemos que aprovechar el tiempo. Debemos tomar decisiones, que es lo mismo que coger el tren. Y los trenes siempre salen puntuales y no esperan a nadie.
-¿Y si hay muchos trenes -respondió Daniela-, cómo sabré el que tengo que coger?
-Como eres pequeña tendrás que hacer caso a tus padres: ellos te dirán.
-¿y cuándo sea mayor?, preguntó Daniela.
-Pues cuando seas mayor tendrás el regalo de la libertad. Deberás aprender a utilizarla para saber en qué tren te tienes que montar.
-¿Y si lo pierdo?
- Pues tendrás que esperar a que pase otro.
- ¿Y habrá un último tren? -pregunto Daniela.
-Si, será el mismo que te trajo a la vida.
-¿El mismo?
-Sí, el mismo. Pero con la diferencia de que es el único tren en que Dios nos coge de la mano; en los anteriores somos nosotros los que podemos coger la mano a Dios.
-Explícame eso, María, que no lo he entendido.
-Mira -continuó María-. Dios nos ha hecho dos regalos fabulosos: la vida y la libertad. Con la libertad nos podemos montar en el tren que queramos, pero lo importante es saber descubrir el tren que quiere Dios. Por eso tenemos que cogernos de su mano para no equivocarnos de tren.
-¿Y si nos equivocamos?
-No importa -respondió María-. Él siempre está esperándonos en la estación?
-¡María, María! mira, mira ¡ya viene! ¡ahí está!
Al igual que cada mañana una humareda blanca y un ensordecedor pitido anunciaba el paso del tren de las doce.
Daniela, sin quitar los ojos del tren que se alejaba preguntó:
-María, ¿y el tiempo de donde sale?
-Del amor, Daniela, del amor.
Daniela puso cara de extrañeza y abrazando a su Tata cerró los ojos y pensó:
-Gracias, María, por tu tiempo. Gracias, María, por tu amor.
FIN




lunes, 9 de julio de 2018

CON LOS HIJOS SE HABLA DE TODO...



CON LOS HIJOS SE HABLA DE TODO, PERO A SU TIEMPO. ANTES NO LO ENTENDERÁN, DESPUÉS YA SE HABRÁN ENTERADO, Y DIOS SABE DE QUÉ FORMA.  
 
Al igual que en la alimentación hay unas pautas en función de la edad –leche materna, biberón, cereales, frutas, etc.– en el aspecto cognitivo nuestros hijos tienen también unos tiempos. Con la edad, su ámbito existencial se ensancha – familia, colegio, amigos– con nuevas situaciones y vivencias que ponen en juego su natural curiosidad. De hecho todos tenemos experiencias de los por qué de nuestros hijos pequeños que, sin ningún tipo de pudor, ponen en un aprieto nuestra capacidad de explicar lo que nos parece que no pueden entender. Con la edad las cosas se complican En muchas ocasiones los padres no tenemos una respuesta acertada a sus preguntas, bien por falta de criterio, bien por un falso pudor; y damos una larga cambiada poco convincente, que se da de bruces con la realidad de la evidencia. El tema está claro: o somos referencia para nuestros hijos en nuestros dichos y hechos, o buscaran respuesta en otros ámbitos: colegas, internet, etc. ¿Qué hacer? Creo que en primer lugar hemos de crear un clima que haga propicio el diálogo en el seno familiar. Ese clima hay que trabajarlo, es decir prever lugar y hora: la hora de las comidas y las sobremesas son un momento ideal para cambiar impresiones, o ver una buena película en familia, o hacer una excursión el fin de semana. Los padres tienen que saber enmarcar con naturalidad estos planes dentro del ámbito familiar.  En segundo lugar, no desatender ninguna cuestión que preocupe a nuestros hijos desde su más tierna infancia, adaptando la respuesta a su edad y conocimientos. Que noten que son importantes para nosotros, tan importantes, que dejamos lo que estemos haciendo y nos centramos en su problema o, a lo más, les hacemos ver que le atenderemos de inmediato:  −Cariño, en el momento que termine de bañar al hermano hablamos. 
Y en tercer lugar, ser humildes, haciéndoles ver, con naturalidad y serenidad, que en algunos asuntos no tenemos la respuesta y tendremos que acudir a personas con más criterio. Y siempre, mirándoles a los ojos como señal evidente de nuestro interés por sus preocupaciones. 


jueves, 7 de junio de 2018

NADIE DA LO QUE NO TIENE



NADIE DA LO QUE NO TIENE

En la introducción argumentaba que educar no es nada fácil y no cabe duda de que la cosa se complica si no tenemos unos mínimos para encauzar la diversidad de situaciones que de seguro se nos presentarán.
La primera herramienta, y la más asequible para afrontar con éxito nuestra labor de educador, es el sentido común, que según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua es el «modo de pensar y proceder tal como lo haría la generalidad de las personas».
Pero a veces solo el sentido común no basta para solventar un problema. Si un hijo se nos pone con fiebre y vómitos, el sentido común nos aconseja que le llevemos al médico, dado que la medicina no es nuestro fuerte. Si observamos, en este caso concreto hemos recurrido a un experto que diagnosticará y tratará las molestias que aquejan a nuestro pequeño. Es evidente que no estoy animando para que nos matriculemos en la Facultad de Medicina, pero sí podría ser muy útil tener ciertos conocimientos sobre primeros auxilios.
En el terreno de la educación también hay expertos que nos podrían echar una mano en situaciones límite: pedagogos, psicólogos, personas de criterio, etc. Pero no cabe duda de que tendríamos, como en el caso de los primeros auxilios, que disponer de unas herramientas que nos ayuden a afrontar con acierto el día a día, pues nadie da lo que no tiene. Esos conocimientos y esa formación se adquieren, evidentemente, con una dedicación de tiempo, que tendremos que sacar en muchas ocasiones de no se sabe dónde pero que es fundamental para ejercer con una cierta garantía nuestro papel de educadores. Sí, sí, ya lo sé: tenemos poco tiempo, estamos muy ocupados, los niños son todavía muy pequeños... Estoy de acuerdo, pero más vale prevenir que curar. Por lo tanto, cuando uno no se procura esa formación ocurre que al comienzo uno vive de la reserva y después del cuento.
Ah, y si nos sirve: el tiempo sale del amor.

(Del libro: Educar.Arte, ciencia y paciencia)

domingo, 20 de mayo de 2018

HAY QUIEN HABLA DE LO QUE OYE, Y HAY QUIEN HABLA DE LO QUE VIVE. SI NO QUIERES SER UN LORO, REFLEXIONA SOBRE LO QUE OYES Y, SI ES BUENO, HAZLO VIDA. AH, Y DE LO QUE VIVES NO HACE FALTA QUE HABLES MUCHO PORQUE LOS DEMÁS LO VEN.

HAY QUIEN HABLA DE LO QUE OYE, Y HAY QUIEN HABLA DE LO QUE VIVE. SI NO QUIERES SER UN LORO, REFLEXIONA SOBRE LO QUE OYES Y, SI ES BUENO, HAZLO VIDA. AH, Y DE LO QUE VIVES NO HACE FALTA QUE HABLES MUCHO PORQUE LOS DEMÁS LO VEN.

La conversación es el vehículo de comunicación que nos enlaza con las personas que nos rodean y la que dice –aparentemente–, de nuestro saber y de nuestro entender ante los demás.
Muchas de nuestras conversaciones están basadas en lo que hemos leído u oído en los medio de comunicación, que propagan noticias e ideas, que en muchas ocasiones, no nos hemos detenidos a valorar.
La vanidad y en muchos casos la ignorancia del que las repite es el medio conductor por el que se propagan intereses personales o partidistas.
Ni que decir tiene, que nuestros conocimientos son más bien limitados en muchos de los temas que tratamos a diario, por lo que hemos de recurrir a expertos que merezcan nuestra confianza para tener una visión más acertada.
No obstante, son fundamentales dos actitu-des para pronunciarse sobre un tema: la humildad y la capacidad de reflexión. La primera, para saber callar, y la segunda, para pensar en lo que decimos y en los argumen-tos científicos o morales en que apoyamos nuestra opinión. Pues como decía Mark Twain, es mejor tener la boca cerrada y parecer estúpido que abrirla y disipar la duda.
Por último, no me gustaría dejar pasar la ocasión para aconsejar que la lectura es una de las bases sobre la que se apoyan nuestros conocimientos y nuestra cultura. Y me refiero a las lecturas de carácter profesional, de entretenimiento etc., pero sobre todo a las de tipo formativo, cultural.
La lectura permite –a diferencia de otros medios– reflexionar sobre lo que se lee –releer–, y apoyarse en la experiencia y la ciencia de tantos hombres y mujeres que han sabido transmitirlas adecuadamente.
No me resisto a contar la respuesta de un hombre de prestigio a una periodista.
En un programa de televisión, una co-nocida periodista entrevistaba a tres invitados de un amplio espectro social. Uno de ellos era un personaje público de reconocido prestigio social y moral; el segundo entrevistado se dedicaba a las finanzas; y la tercera, una mujer que se dedicaba a la literatura erótica. En el transcurso de la entrevista, la directora del programa, formuló la siguiente pregunta al primer personaje:
–Y usted, ¿ha leído algún libro de nuestra invitada?
–Pues, mire: hay tantos buenos libros que no podré leer debido a nuestra corta existencia, que como usted entenderá, no voy a perder el tiempo en este tipo de literatura.